
Al día siguiente vino el forense.
Y lo primero que me chocó fue el ritmo.
Nosotros llevábamos dos días acelerados, con el móvil en la mano, persiguiendo un punto por media ciudad.
Y este hombre entró en la oficina, dejó el maletín en el suelo, y se puso a trabajar despacio.
Muy despacio.
Los marcos de las puertas.
El borde de las mesas.
Los sitios donde había que apoyar la mano para desmontar una cámara del soporte.
Sin prisa ninguna. Como si supiera algo que nosotros no.
Y ahí es donde el espabilado empezó a pagar el ir buscando lo fácil.
Porque él entró rápido, cogió lo que quiso, y se fue convencido de que ya estaba.
Y sin saberlo dejó dos rastros.
Uno con los dedos, en nuestra oficina.
Y otro metido en la funda de una cámara que iba cargando encima.
Después se fue al piso
El mismo donde nosotros habíamos estado picando la tarde anterior como pasmarotes.
Y esta vez no hizo falta picar.
Se pidió la orden judicial. Y con la orden en la mano, entraron.
Recuperamos la mayoría de nuestras cosas…
Y ahora la parte que te toca a ti
Párate un segundo en la diferencia entre nosotros el miércoles y ese hombre el jueves.
Misma puerta. Misma información. Mismo objetivo.
Nosotros picando y él entrando.
Y no fue por fuerza. Ni por suerte. Ni porque tuviera más ganas que nosotros, que no las tenía.
Fue por papeles. Por saber qué procedimiento va detrás de cuál, y tenerlo hecho.
Llevo dos semanas dándole vueltas a esto, porque esta misma invasión silenciosa es la que va a sufrir tu sector.
Es exactamente lo que está pasando ahora mismo con la inteligencia artificial en cada negocio de este país.
Va a entrar en tu oficina.
Eso ya no lo decide nadie. Lo único que se decide es cómo entra.
A unos les va a entrar como entró el espabilado en nuestra oficina. Sin avisar. Por la fuerza. Una noche cualquiera.
Se van a levantar un martes y su trabajo va a valer la mitad, o su cliente va a resolver con un agente lo que llevaba diez años pagándoles a ellos.
Y no van a poder hacer nada.
Igual que nosotros no pudimos hacer nada esa mañana.
Y a otros les va a entrar porque abren ellos la puerta.
Porque son los que la instalan. Los que la cobran. Los que ponen el precio.
La diferencia entre esos dos grupos no es el talento, ni el título, ni haber llegado antes.
Es tener la llave.
Nosotros llevamos tiempo montando esa llave, y no en abstracto:
Con la gente de dentro, semana a semana, mirando qué se vende, a quién, por cuánto y qué se rompe por el camino.
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Y si prefieres esperar, también es una decisión. Solo que esa la toma otro por ti.
Un abrazo,
Agustín
PD. El AirTag costaba treinta euros y llevaba meses metido en la funda de una cámara sin hacer absolutamente nada. Sigo pensando en eso.

Agustín Medina

